Ocho años y una pizca más tarde se fue

Laura pudo llegar a tiempo para cogerle la cabeza mientras le administraban las inyecciones para morir. El cáncer se la había comido, a la pobre, y aún así resistió mucho más de lo que ninguno esperábamos.

No, no es cierto, yo sí esperaba que resistiese más. Se la veía achacosa pero cariñosa y atenta. Pesada como ella sola para pedir más comida e ir por donde ella quería, eso sí. Y los últimos paseos fueron lentos y algo erráticos; no sabía si es por falta de ganas de volver, como era habitual, o porque se cansaba mucho. Me irrité con ella más de lo que ahora puedo soportar recordar y tengo una verdadera batalla interior entre enseñanzas y realidades.

Pero había sobrevivido a una operación de la que nadie apostó mucho que saliese viva y lo hizo aunque no por mucho más. Dos meses creo. Hasta el 23 de marzo de 2026. Dos meses asustado por no saber cuándo era el momento de pedir su muerte y esperar que, aunque no sanase, sí viviese sin dolor y fuese feliz. Demasiado pronto, demasiado tarde. Todo mal. Me han ayudado a elegir y a mantenerla con vida estas semanas y estoy y estaré agradecido por siempre. Lo que me quede a mí con Kayra.

Los hombres no lloran. Menos aún por un perro. Lo lamentan si fue buen animal pero sin exagerar. Con un suspiro pesaroso, un cabeceo, un gesto serio… No más. Mi padre y su época resumido en unas palabras.

Pude estar mucho más tiempo con ella ahí fuera a pesar de mis miedos a que se perdiese como hizo varias veces antes y no supiese volver. Siempre sabía volver, claro, pero a mí me mataba más que pudiese molestar a alguien, pelear con otro perro, que lo que pudiese sufrir. Eso se vuelve contra mí ahora.

Ya no habrá gastos médicos como los de los últimos tiempos, ni comida ni chuches en grandes cantidades porque era una perra grande y todo estaba en consonancia con su tamaño. Y ese alivio me apuñala un poquito.

Pude darle antes la medicación mensual contra el dolor porque sus caderas y sus patas nunca estuvieron bien. Pero no se quejaba, no parecía que sufriese. Se la di hace unos meses y, como a su compañera, la falta de dolor que yo no reconocía le cambió el carácter: cariños, mimos, miradas. Todo tarde y mal porque no quise que estuviese con analgesia de por vida a pesar de lo que me decían. Mucho gasto también. No me lo perdono.

La adopté en una época asquerosa de mi vida que no volverá pero que me hizo considerar que podía arreglar lo erróneo con un nuevo ser. Un cachorro para que Kayra pudiese criarlo y a mí me atase más a mi entonces hogar. Funcionó a medias porque yo seguía roto. Descubrir su tamaño, sus flaquezas y sus necesidades me hizo arrepentirme alguna vez pero nunca, y con eso sí sonrío, barajar echarlo de mi vida. Es hasta la muerte y hasta la muerte ha sido.